Inteligencia artificial, robótica, historia y algo más.

8/1/22

El futuro de la guerra será low-cost y con robots

Esta mañana me he encontrado esto en mi TL de Twitter :

Para quien quiera el ver el vídeo completo, lo podéis encontrar sin problema en YouTube. Al fin y al cabo, esto se trata de un acto de agitación y propaganda, e interesa que lo vean cuantas más personas, mejor. Bien es cierto que no es la primera vez que se ve uno de estos inventos en el ámbito militar, y Francia ya los puso de moda.

No soy experto para conocer la eficacia de estos inventos en pleno campo de batalla, pero hay una cosa que me queda claro: todos los ejércitos del mundo están apostando por la tecnología, y están reduciendo el número de tropas. La explicación es muy sencilla: el presupuesto militar en ejércitos es ingente, y trae muy mala propaganda. Además, a los políticos les sacan mucho los colores cuando envían tropas a un país enemigo, y más aún, cuando sus combatientes sufren bajas y víctimas. Reino Unido aspira a reducir sus tropas para 2025 en 72.500 combatientes. India, en 100.000. Alemania, Italia y Francia, en otro tanto. Por lo tanto, ¿a qué nos puede llevar esto?

En mi opinión, los ejércitos emplearán cada vez más tecnología, y entre las principales están los ciberataques y el uso de drones. Gracias al sigilo que proporcionan estas herramientas a ojos de la opinión pública, parece claro que los países apostarán por la reducción del coste de la guerra, y a la proliferación de conflictos rápidos y puntuales, de baja intensidad. Parece que ya estamos viviendo el ocaso de la entrada de miles de tropas en un pais enemigo. Pero al mismo tiempo, la reducción de coste y el sigilo, puede que desemboque en un estado de guerra permanente y a incursiones bélicas mucho más frecuentes.

Todo lo que sea acertar el futuro, es poco más que un producto del azar. Pero os seguiré contando las novedades en este blog.

Feliz 2022 a todos.


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29/12/21

2021, un año de lecturas

Otro año más. Y por lo tanto, es tradición en este blog hacer la lista de los libros leídos en 2021, que han contribuido a que la pandemia y el ruido de alrededor pase un poco más desapercibido. Este año han caído 44 libros, así que no haré la reseña de todos, que no soy tan importante y la Red está llena de recomendaciones y listas. Pero para quien le interese, estas son las reseñas de 5 libros que sí que me llamaron mucho la atención:


La única historia (Julian Barnes): no es por ser mi tocayo, pero no dejéis de leer a Julian Barnes, ya que creo que será uno de los mejores escritores ingleses del momento, junto a Ian McEwan. En esta obra, Barnes describe al protagonista y su relación con una mujer madura. Describe cómo la vida pasa de la efervescencia del amor, y de la consecución de los objetivos y la cascada de emociones positivas, y cómo esas burbujas dejan paso al dolor, a la memoria, y a la enfermedad, y qué difícil es capear con ellas. Ha sido uno de los escritores que mejor ha reflejado el alma humana en lo que he leído este año. Las alegrías, las miserias y la esencia mismo de cada uno.

Ante todo, no hagas daño (Henry Marsh): un libro escrito del puño y letra de un reputado neurocirujano británico, ya jubilado. Es un libro quizás un poco desaconsejable a los aprensivos a las vísceras humanas, pero a mí me ha calado muy hondo. Refleja perfectamente la parte humana y científica del trabajo de estas personas, capaces de marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Sobre todo, lo que más me importa es cómo describen sus sentimientos, si se llevan las malas noticias a su casa, o cómo decir a un paciente que su dolencia no tiene solución.

La guerra futura (Lawrence Freedman): este libro me impactó sobremanera. Si pensáis que Twitter, las redes sociales, y los medios de comunicación y su influencia sobre la esfera pública es algo de nuestros días, no dejéis de leer este libro. Os sorprenderéis cómo los diarios manipulaban a la población en pleno XVIII, o la curiosa historia de cómo nació el MI6. Las deepfakes no son cosas del presente.

 

Drone Theory (Gregoire Chamayou): un libro para entender las armas bélicas del futuro, los drones autónomos, y cómo cambiarán totalmente el panorama de la guerra. Hice una reseña hace unos meses, y sigo pensando que ha sido una de mis mejores lecturas.

¿Dónde vamos a bailar esta noche? (Javier Aznar) Javier, autor de un podcast del que soy incondicional, y escritor ecléctico donde los haya, tenía un blog bajo seudónimo y el título "Manual del buen vividor". En este libro, recopila algunos de los mejores artículos de ese blog, en el que se entremezclan anécdotas de amores, de pensamientos que pasan por la cabeza de cualquier joven, de confesiones íntimas con alguna chica, y en definitiva, una ventana abierta a la cabeza de un gran columnista. Me reí mucho.


La lista completa de libros está a continuación. Y si queréis buenas recomendaciones de libros, no dejéis de leer a Lara Hermoso y Enric González.

 

LIBROS DE 2021

Los Europeos (Orlando Figes)

Un caballero en Moscú (Amor Towles) 

La España vacía (Sergio del Molino) 

Los viajes de Tuf (George R. Martin)

Silencio administrativo (Sara Mesa)

Viaje al país de los blancos (Ousman Umar)

El libro del porqué (Judeah Pearl)

Semillas Amargas (Ian Tregillis)

¿Dónde vamos a bailar esta noche? (Javier Aznar)

Allegro, ma non tropo (Carlo Cipolla)

El Gatopardo (Tomasi di Lampedusa)

Drone Theory (Gregoire Chamayou)

Confía en mí, te estoy mintiendo (Ryan Holiday)

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? (Raymond Carver)

La única historia (Julian Barnes)

A world without work (Daniel Susskind)

La guerra futura. Un estudio sobre el pasado y el presente (Lawrence Freedman)

Se acabó el pastel (Nora Ephron)

Nunca te pares (Phil Knight)

Catedral (Raymond Carver)

Fundación (Asimov)

El Guardián entre el centeno (J.D. Salinger)

Kill Chain (Andrew Cockburn)

Lolita (Nabokov) 

El extranjero (Albert Camus)

Human Compatible (Stuart Russell)

Puentes volados (Carlos Clavijo)

Los Mandible (Lionel Shriver)

Crisis 2038 (Gerald Huff)

Me llamo Lucy Barton (Elizabeth Strout)

Yo confieso. 45 años de espía (Fernando Rueda)

Ensayo sobre la ceguera (José Saramago)

Ante todo, no hagas daño (Henry Marsh)

El gran salto al abismo (Jesús Sáez)

Lo raro es vivir (Carmen Martín Gaite)

La gente feliz lee y toma café (Agnes Martin-Lugand)

Dataclysm (Christian Rudder)

Deshaciendo errores (Michael Lewis)

Las defensas (Gabi Martínez)

La mano invisible (Isaac Rosa)

Rebelión en la granja (George Orwell)

No mires debajo de la cama (Juan José Millás)

Ubik (Philip K. Dick)

La vida juega conmigo (David Grossman)

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7/12/21

Herramientas digitales para una educación en evolución constante

¡Cómo se divertían!’ es un relato corto de Isaac Asimov, publicado en 1951, pero ambientado en 2157. En el futuro imaginado por ese autor de ciencia-ficción, la educación de los niños se realiza en cada casa particular a través de un profesor robótico que adapta las enseñanzas al niño de manera absolutamente personalizada. El relato, concretamente, trata con ironía sobre nuestras percepciones del pasado, y cómo los alumnos del presente echan de menos el caos, la pereza y el aburrimiento al que a menudo atribuimos las clases tradicionales, hoy en día.

Quizás en los meses de confinamiento en pandemia, hayamos estado cerca de ese tipo de metodologías de aprendizaje y, sin lugar a duda, haya aumentado la necesidad de reflexión acerca del uso de la tecnología en nuestras aulas. Este artículo versa sobre uno de los aspectos que atañen a esa constante transformación. 

En los últimos años, los científicos están investigando cada vez más sobre la incorporación de técnicas digitales y de inteligencia artificial en la educación. Concretamente, se persigue la optimización del proceso de enseñanza y el aprendizaje de los alumnos en las aulas. Es decir, se habla de emplear algunos sencillos algoritmos de inteligencia artificial -en adelante, IA-, no como un objetivo de aprendizaje, sino como herramienta para la mejora de la educación. Veamos un par de ejemplos para entenderlo bien.

Los sistemas de tutorización inteligentes (intelligent tutoring systems), son sistemas informáticos que ajustan los ejercicios o contenidos de la asignatura al nivel individual de cada estudiante. Imaginemos una clase de cálculo muy sencilla, de operaciones aritméticas: los primeros ejercicios son de sumas. Si algún estudiante falla demasiado en ejercicios de sumas, el software le planteará más ejercicios de esa operación, hasta que considere que ha entendido el proceso. Por el contrario, si otro estudiante no tiene problemas con las sumas, el programa le pasará directamente a las restas.

Normalmente, el criterio de superación del nivel no es decidido por un programa, sino por un profesor. Algunos modelos comerciales de esos tutores inteligentes son ACTIVE Math, MATHia, Why2Atlas, Comet, and Viper, los cuales han sido testados para diferentes asignaturas.

Otra posible incorporación tecnológica podría ser un algoritmo que facilitara seleccionar una universidad u otra, tal y como se realiza ya en Francia y Reino Unido, o que permitiera predecir el suspenso en la asignatura de algún estudiante, antes de que ése ocurra.

La evidencia del impacto positivo en todos los niveles educativos sobre el proceso de aprendizaje y enseñanza es, aún, escasa, pero prometedora. De hecho, gran parte de esa falta de rotundidad científica se debe a la heterogeneidad de las asignaturas, el número de alumnado en clase, el proceso de enseñanza y otras muchas variables. En todo caso, ese empleo de IA en la educación no pretende sustituir al profesor, al estilo del relato de Asimov, sino complementarlo y darle más información para decidir. Precisamente por esa razón, conviene hacer un inciso sobre qué es -y qué no- lo que se persigue con esa adaptación tecnológica.

Incluso antes de que la pandemia nos obligase a improvisar una docencia online, desde hace más de 10 años, las grandes empresas de tecnología en EEUU comenzaron a penetrar en los colegios e institutos de ese país, y a ofrecer sus servicios digitales. Bajo un prisma económico de la educación, hablaban de las ineficiencias de atención en una clase de 30 estudiantes, donde el docente no llega a atender correctamente a todo el alumnado, y hay estudiantes que están por encima del nivel de clase, y otros, por debajo. Valiéndose de esa excusa, las grandes empresas tecnológicas que a todos nos vienen a la cabeza (Google, Facebook, Amazon, etc.) comenzaron a inundar las aulas con ordenadores, a defender el proceso aislado y autodidacta de aprendizaje y, probablemente, a recoger todos los datos posibles de ese alumnado.

Realmente, el empleo de la IA para mejorar la educación poco tiene que ver con la búsqueda de la privatización de ese servicio público, del uso intensivo de la tecnología o de convertir a las aulas en generadores de datos infinitos.

De hecho, la Comisión Europea ha creado un grupo de expertos -al que han invitado también al que les escribe- para evitar esos efectos. Esos expertos asesorarán y fijarán las normas éticas que tendrán que cumplir los sistemas para que ningún software o algoritmo discrimine a ningún estudiante, independientemente de su edad, origen o sexo. Al mismo tiempo, al igual que ocurre con otros sistemas de inteligencia artificial, las decisiones que tome cualquiera de esos programas deberán ser explicables y entendibles. La tecnología no será el fin, sino la herramienta.

Tal y como dice el profesor y filósofo italiano Nuccio Ordine, “solo los buenos profesores pueden cambiar la vida de un estudiante”.

 

Este artículo se publicó originalmente en el blog de la Universidad del País Vasco

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10/11/21

Problemas de materia prima

Corrían los primeros años del siglo XVIII. Estamos en el período de la experimentación y la racionalidad como métodos de conocimiento. Los imperios disponen ya de colonias por todo el mundo, y la actividad comercial es muy intensa.

En este contexto, el país que aspiraba a tener una economía privilegiada necesitaba dos cosas: grandes cantidades de algún material a transformar, y vastos mercados a los que abastecer. A comienzos de este siglo, pocos productos cumplían estas especificaciones. Y uno de ellos, era la ropa hecha de algodón. Toda la población de Europa necesitaba vestirse, e Inglaterra recibía ingentes cantidades de esta materia prima desde sus colonias en América e India.

Sin embargo, había un problema, y consistía en la velocidad de fabricación. Los ingleses parecían que tenían el éxito al alcance de los dedos: disponían de la materia prima, los mercados, y sus talleres de algodón estaban convenientemente protegidos por aranceles. Hay personas en la historia que odian quedarse con la miel en los labios, y quizás por esta razón, un joven inglés de familia relacionada con el textil, alrededor de 1716 se propuso investigar cómo acelerar la producción de prendas. Y para ello, viajó a Piamonte (Italia), donde se encontraban los artesanos más habilidosos en la producción de seda. Era el centro de I+D europeo de esta artesanía. Su secreto consistía en algo muy sencillo: molinos de agua para impulsar las “máquinas”. Desentrañar exactamente el secreto de esta tecnología era toda una misión de espionaje industrial. El joven inglés era conocido como John Lombe.

Una vez en Italia, gracias a un soborno a un sacerdote, Lombe logró que le contratasen en uno de estos talleres. Y con un poco más de soborno, convenció a su encargado de que le dejaran trabajar en el turno de noche. Fue durante estos turnos, cuando el hábil inglés se dedicó a hacer bocetos de las máquinas telares de Italia y los molinos, y un año más tarde, en 1717, huyó a Inglaterra a entregárselos a su hermano. Y una vez allí, a salvo, patentaron la tecnología robada a los italianos, y se dedicaron a la construcción entre 1717 y 1721, de la que se conoce como la primera fábrica moderna de la historia. Contaba con un molino de agua, que era una copia mayor del taller italiano. Pero se localizaba a orillas del río Derwent, en pleno corazón de Inglaterra, en Derby. Seguía siendo una fábrica de producción de seda, y fue un rotundo éxito. Aún hoy se conserva esta hazaña, restaurada.


Cuando se descubrió el pastel, los italianos entraron en ira, y cuenta la leyenda que el mismo rey de Cerdeña envió a una mujer a infiltrarse en la fábrica de Derby y asesinar a John Lombe. A fin de cuentas, la tecnología italiana estaba también muy protegida y se consideraba una estrategia nacional.

Años más tarde, en 1769, un joven escocés presentó la patente número 913, consistente en la mejora de un idea para achicar agua de las minas de carbón, que había desarrollado décadas antes un sacerdote. Había nacido el motor de vapor, el cual fue un gran catalizador en el desarrollo de más fábricas modernas de producción de lana y algodón. Fue probablemente la riqueza que obtuvo Inglaterra gracias a su industria textil, uno de los principales factores para que la Revolución Industrial ocurriera en Inglaterra y no en otro país europeo. Ya que a partir de la segunda mitad del s. XVIII, un único estado contaba con la materia prima, el mercado, y la tecnología. Inglaterra financió sus fábricas e innovaciones técnicas gracias a todos los rendimientos económicos que obtuvieron vendiendo ropa a Europa y a sus colonias.

Estos desarrollos socioeconómicos no solo aportaron riqueza y prosperidad al país, sino también algunos horrores como el trabajo infantil, las clases sociales y la contaminación, tal y como inmortalizó en sus novelas Charles Dickens.


Este artículo se publicó originalmente en la Revista DYNA, la cual es una publicación sobre investigación en ingeniería que os recomiendo visitar.
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20/10/21

Drones de reparto urbano: (siguen con) mucho ruido y pocas nueces

Quizás sea solo impresión mía, quizás es que tenga que levantar más a menudo la vista del móvil. Pero por lo que sea, desde el verano estoy leyendo y escuchando unas cuantas noticias sobre la bondad de los repartos de paquetería con drones. La prensa está lleno de anuncios de este tipo. En este blog nos hicimos eco de la celebración de los 100.000 repartos de café y snacks de la empresa Wing en Australia. Pero basta con introducir términos adecuados en Google News, y veréis que hay noticias sobre el tema a diario.

La siguiente foto a mí me hizo contener el aliento. En ella, se pueden contemplar varias empresas de drones de reparto de comida rápida en Israel. ¡Anda que no habrá habido veces que me hayan preguntado sobre algo así!

Fuente

La semana pasada, vimos hasta un helicóptero sacado de una novela de Asimov realizando su primer envío de manera autónoma.


Pero no es oro todo lo que reluce. Al mismo tiempo que hay este desfile de anuncios comerciales,  Wired habla en uno de sus artículos del lento declive de los drones de Amazon. Lo que en su momento fue la promesa estrella de la empresa de Jeff Bezos, ahora tiene que ver cómo despide a los empleados de este departamento, mientras que la empresa da evasivas. Y tal y como explica el artículo, el problema no es de legislación. Es de viabilidad de negocio.

A pesar de los anuncios comerciales, los estudios científicos del tema, siguen diciendo lo mismo, y coincide con mi visión: 

la viabilidad técnica del reparto de mercancías con drones es alcanzable, pero claramente sigue siendo más caro que hacer reparto de mercancía en furgoneta o en bicicleta.

Algunos enlaces interesantes que lo explican más en profundidad son éste o éste otro, que habla de la absurda privatización del cielo, acompañada de la fanfarria de los medios de comunicación al dar pábulo a estos hitos comerciales. No solo el reparto es más caro, sino que también contamina más, sobre todo en áreas densas, propias de entornos urbanos. Como ejemplo de lo que digo, es esto: drones que reparten comida y champán a yates en Ibiza.

En el citado enlace de los 100.000 repartos de Wing -empresa subsidiaria de Google- en Australia, el gigante de Internet defendía que los drones recortarían mucho los costes de reparto de mercancías, y eso haría que el resto de actores (motoristas, Uber, etc) también tendrían que tirar los precios para ser competitivos. Pero el mismo informe que habla sobre la privatización del cielo, también vuelve a recordar que no solo hay un coste eléctrico, de baterías, y de tiempo de vuelo, sino que al precio del servicio hay que sumar el coste de diseño y construcción del drone, el seguro, el ruido que provoca... 

Alguien se estará preguntando entonces cómo lo hace Israel para tener varias empresas de drones conviviendo en sus cielos y ciudades. Y la respuesta hay que buscarla en el ámbito militar: el pequeño estado está flexibilizando mucho la posibilidad de probar esta tecnología, con la mente puesta en aprender rápido y ver cómo se podría aprovechar para transportar diferentes tipos de cargas militares.

El papel lo aguanta todo, pero la realidad no. 


P.D.: Google es acusado de dumping de precios durante sus tests de reparto con drones en Australia

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17/10/21

El Tinder de la Inglaterra Victoriana

Imaginaos que os encontráis en el mundo que describe Jane Austen, en la novela de Orgullo y Prejuicio. Concretamente, pensemos en la sociedad de Estados Unidos del siglo XIX, con esa sociedad tan rígida, tan marcada por las clases sociales. El estatus social de cada persona era lo más valioso que poseía, y la mayor obsesión de los padres, era llegar a que sus hijos tuvieran un buen matrimonio, para así poder mantener, o mejorar, su posición social.

Pensemos que en esa época no había televisión, Twitter, ni lo más importante, Tinder, y que el mayor deporte nacional era el cotilleo. En momentos así, los bailes de la temporada, donde se juntaba todo el pueblo o comarca, eran acontecimientos espectaculares, y muchos ciudadanos esperaban durante meses a momentos así para presentarse ante planeados pretendendientes. Todo tenía que salir perfecto.

Una vez en el baile, pensemos que sois una joven mujer que busca marido, como en Orgullo y Prejuicio. Mientras os movéis elegantemente, mientras hacéis reverencias y dais saludos a todas las personas que os cruzáis, de repente...¡zas! Veis a ese chico con el que queréis hablar.

Ahora, tenéis tres opciones:

a) encontrar a alguien de mejor posición social que vosotras para que os lo presente

b) dejar que él, que goza de más prestigio, se arriesgue a perderlo por dignarse a hablar primero con vosotras

c) pasarle discretamente una pequeña cartulina con un mensaje

¿Y qué pone en el mensaje de la opción c)? Quizás ponga '¿quieres ir a salir a hablar fuera?', o '¿podríamos vernos en casa?'.

Como veis, esas tarjetas eran el Tinder del siglo XIX, y en el Estados Unidos de ese siglo se usaron mucho. No hay evidencias realmente de qué importancia se les daba a esas tarjetas, pero los historiadores creen que eran muy buenas para romper el hielo.

Estas tarjetas eran muy temidas por los padres de los jóvenes en el baile, ya que gracias a estas pequeñas tarjetas, los escarceos e intentos de noviazgo a menudo pasaban desapercibidos y saltaban el férreo control de los progenitores. Por supuesto, el matrimonio de entonces no era como el actual, y su propósito en la vida de las personas tenía un papel muy materialista y utilitarista, por resumirlo.

Y es que estoy encontrándome que las reglas sociales para conocer gente, mantener el estatus y comportarse en la sociedad son un tema muy entretenido, y espero poder contarlo a través de algunos artículos en este blog. Y como ya sabéis, al final la historia nos ha llevado a Tinder.


Fuente

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