Inteligencia artificial, robótica, historia y algo más.

2/4/25

Los aranceles en la historia y el robo de mano de obra cualificada

Tras el comienzo de la Gran Depresión se promulgó el arancel Smoot-Hawley de 1980, según Bhagwati "el acto más visible y dramático de locura anticomercial”. El arancel Smoot-Hawley provocó una guerra arancelaria internacional, debido a que se impuso en un momento poco oportuno —sobre todo por la nueva posición de Estados Unidos como la mayor nación acreedora tras la Primera Guerra Mundial. (Retirar la Escalera, Ha Ho Chang)


Jagdish Bhagwati es considerado como el teórico sobre comercio internacional más creativo de su generación. Y la cita que encabeza este texto viene a contribuir en que estamos muy lejos de vivir los primeros tiempos oscuros de guerra arancelaria en nuestro mundo. Además, otro mito que conviene desbancar cuanto antes es que precisamente Estados Unidos, lejos de la creencia popular, nunca ha sido un profeta del comercio libre internacional.


Durante el siglo XIX Estados Unidos no sólo fue el bastión más poderoso de las políticas proteccionistas sino también su hogar intelectual. En esa época la opinión mayoritaria de los intelectuales estadounidenses era que "el nuevo país necesitaba una nueva economía, una economía basada en instituciones políticas y condiciones económicas diferentes a las prevalecientes en el Viejo Mundo”. Algunos de ellos llegaron a sostener que hasta las industrias estadounidenses internacionalmente competitivas habrían de contar con protección arancelaria debido a la posibilidad de que las grandes empresas pusieran en práctica un dumping depredador para, tras diezmar a las empresas estadounidenses, volver a fijar unos precios monopolísticos.


Sólo después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos —con su supremacía industrial sin competencia— acabó por liberalizar -nunca totalmente- el comercio y pasó a liderar la causa del libre comercio.




¿Cómo, de verdad, se hicieron ricos los países ricos?

La respuesta corta a esta pregunta es que los países desarrollados no llegaron a donde ahora están mediante las políticas y las instituciones que recomiendan actualmente a los países en desarrollo. En su mayor parte, pusieron en práctica políticas comerciales e industriales "malas”, tales como políticas de protección a la industria naciente y subsidios a la exportación, prácticas que hoy en día son desaprobadas, cuando no activamente rechazadas, por la OMC (Organización Mundial del Comercio). Hasta que no estuvieron bastante desarrollados (es decir, hasta finales del siglo XIX o principios del XX), los países desarrollados contaron con muy pocas de las instituciones consideradas esenciales para los países en desarrollo actuales, incluyendo instituciones tan "básicas" como los bancos centrales y las sociedades de responsabilidad limitada.

Pero en el post de hoy no venía a contar los densos detalles sobre la historia arancelaria internacional, sino que creo que será más entretenido para el lector conocer alguna de las estrategias nacionales que existieron, incluso en las que intervenían el Rey, para robar mano de obra cualificada extranjera, o para evitar que ésta fuera adquirida por alguna potencia enemiga.

Los gobiernos apoyaron las adquisiciones de tecnología foránea, a veces por medios legales, tales como la financiación de viajes de estudios y estancias de aprendizaje, y otras a través de medidas ilegales, que incluían el apoyo al espionaje industrial, la introducción de máquinas de contrabando y la negativa a reconocer las patentes extranjeras. El desarrollo de las capacidades tecnológicas internas se incentivó mediante la concesión de ayudas económicas para investigación y desarrollo, educación y formación profesional. También se tomaron medidas para aumentar el conocimiento de las tecnologías avanzadas (por ejemplo, la creación de fábricas modelo, la organización de exposiciones, la exención de impuestos a la maquinaria importada por las empresas del sector privado). Además, algunos gobiernos crearon mecanismos institucionales que facilitaban la cooperación público-privada (por ejemplo, empresas de capital mixto y asociaciones industriales estrechamente vinculadas al gobierno).

El caso de Inglaterra, dado el largo tiempo en que mantuvo su posición de "economía frontera”, es muy claro a este respecto, pero también otros países usaron medidas similares según sus posibilidades. Inglaterra puso en práctica medidas para controlar la transferencia de tecnología a sus competidores potenciales (por ejemplo, controles sobre la migración de mano de obra cualificada o la exportación de maquinaria) y presionó a los países menos desarrollados para que abrieran sus mercados, en caso necesario por la fuerza. Sin embargo, las economías que intentaban actualizarse y que no eran colonias formales ni informales no se resignaron sencillamente a aceptar estas medidas restrictivas, sino que emplearon una amplia gama de medidas para intentar superar los obstáculos creados por esas restricciones, recurriendo incluso a medios "ilegales”, tales como atraer a trabajadores extranjeros o al contrabando de maquinaria.



El caso de Inglaterra

Inglaterra entró en su era post-feudal (siglos XIII y XIV) como una economía relativamente atrasada. Antes de 1600 era una importadora de tecnología proveniente de la Europa continental. A pesar de su atraso, su economía se basaba en exportaciones de lana virgen y, en menor medida, de tejidos de lana de bajo valor añadido (lo que entonces se conocía como "tela corta”) a los entonces más avanzados Países Bajos. Se cree que Eduardo III (1337-77) fue el primer rey que intentó deliberadamente desarrollar la fabricación local de tejidos de lana. Sólo usaba ropa confeccionada con tejidos ingleses para así dar ejemplo al resto del país; trajo tejedores flamencos, centralizó el comercio de la lana virgen y prohibió la importación de tejidos de lana.

Los monarcas de la dinastía Tudor siguieron impulsando el desarrollo de esta industria con lo que sólo puede describirse como una política de promoción deliberada de la industria naciente. Especialmente Enrique VII (1485-1509) e Isabel I (1558 -1603), transformaron Inglaterra de ser un país que se basaba principalmente en la exportación de lana virgen a los Países Bajos en la nación más importante del mundo en lo que respecta a la manufactura de la lana. Concretamente, Enrique VII puso en práctica maneras de promover la manufactura de la lana británica. Entre otras medidas, se enviaron misiones reales para identificar lugares adecuados para la manufactura de la lana, se trajeron trabajadores cualificados de los Países Bajos, se aumentaron los impuestos y hasta se prohibió temporalmente la exportación de lana virgen.

Resulta difícil establecer la importancia relativa de los factores antes mencionados para explicar el éxito británico en la manufactura de la lana. Sin embargo, sí parece claro que, sin lo que no puede ser descrito de otro modo que como el equivalente del siglo XVI a la moderna estrategia de promoción de la industria naciente puesta en práctica por Enrique VII y proseguida más tarde por sus sucesores, habría resultado muy difícil, si no necesariamente imposible, que los británicos lograran este éxito inicial en la industrialización: sin esta industria clave, que explica al menos la mitad de los ingresos británicos en concepto de exportaciones durante el siglo XVIII, su Revolución Industrial podría haber resultado, como mínimo, muy difícil.


Espionaje industrial y robo de talento humano

Durante los siglos XVI al XVIII, varias naciones europeas implementaron leyes estrictas para evitar la emigración de trabajadores cualificados, considerando este conocimiento técnico como un secreto de estado y un activo nacional. Estas leyes reflejaban el pensamiento mercantilista dominante que veía la retención de habilidades y conocimientos como vital para la prosperidad nacional. En Inglaterra de hecho, se crearon varias leyes:

- Los Estatutos de Artesanos (Statute of Artificers) de 1562, que restringían la movilidad laboral
- El "Act to prevent the seducing of Artificers to foreign Parts" de 1718

Y en algunos casos, la emigración no autorizada de artesanos se castigaba con la pérdida de ciudadanía, confiscación de propiedades e incluso la muerte.

Y por si la estrategia tecnológica y fiscal fallaba, la Reina Isabel I de Inglaterra (1533-1603), quien estableció una red de espionaje dirigida por Sir Francis Walsingham que, además de sus funciones políticas, buscaba activamente secretos comerciales y técnicos de otras naciones, particularmente de los Países Bajos y Venecia.

Uno de los casos más conocidos es el del Rey Federico el Grande de Prusia (1712-1786). Este gobernante desarrolló una estrategia deliberada para obtener secretos industriales y tecnológicos de otros países europeos, especialmente en el campo de la manufactura de porcelana. En aquella época, la porcelana de Meissen (Sajonia) era extremadamente valiosa y su proceso de fabricación era un secreto industrial bien guardado. Para lograrlo, Federico el Grande llevó a cabo las siguientes acciones:
- Reclutó a Johann Friedrich Böttger, un alquimista que había trabajado en la fábrica de porcelana de Meissen
- Estableció la Real Fábrica de Porcelana de Berlín (KPM) en 1763 usando conocimientos robados
- Desarrolló redes de espías e informantes para adquirir tecnologías extranjeras


Así que me preguntó que estará ocurriendo estos días entre las Big Tech de la inteligencia artificial y otras empresas.





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